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sábado, 7 de enero de 2012

10 cosas que cualquier ilustrador debería saber. 1º.- La ilustración es una profesión

Algunos de estos apuntes son nociones muy básicas, casi de "perogrullo", que todo ilustrador conoce pero que de vez en cuando conviene recordar. Otras, más bien generalidades, serán útiles tanto para ilustradores como para mecánicos, limpiacristales o bodegueros. Pero son igualmente importantes a tener en cuenta, especialmente para los ilustradores. Hay también algunas reflexiones personales, fruto de unos cuantos años de experiencia: es suficiente con que uno tropiece para que otros aprendan de sus errores; y confieso que he aprendido mucho de tropiezos propios y ajenos. Hora es pues de que lo comparta con vosotros.

1º. La ilustración es una profesión.

No descubro nada al decir que el oficio de ilustrador es mucho más que eso, pero también es una profesión. Ilustrar puede ser un arte, somos a menudo artesanos; es un trabajo indudablemente creativo y las más de las veces gratificante. El ilustrador o el dibujante lo es  siempre por vocación y seguramente se inició por hobby a una temprana edad (a diferencia del oficio de desatascador de pozos, por ejemplo). Pero, insisto, también es una profesión.

Esto significa en primer lugar que tiene la dignidad,como mínimo, de cualquier oficio. Es más, debe tener el reconocimiento de un trabajo especializado. Una profesión que requiere una continua formación (académica o no), una investigación constante en cuanto a materiales, técnicas, grafismo, comunicación visual,... y cada vez más conocimientos en el uso de programas informáticos y nuevas tecnologías. Esta reivindicación de la dignidad que encabeza este primer apartado no es baladí y se dirige tanto hacia fuera, hacia clientes y hacia nuestro entorno, como hacia dentro, hacia uno mismo y en alguna ocasión incluso a compañeros de profesión. Un tema éste que por su importancia retomaré en el capítulo siguiente, para dejar paso al meollo de éste.

¿En qué consiste pues, para mí, el oficio de ilustrador? Es básicamente una forma de comunicación artística. El músico "transmite" mediante sonidos y melodías, el cantante con su voz, el cineasta a través de sus películas, el actor con su cuerpo, el pintor en sus imágenes sobre lienzos y tablas,... el ilustrador lo hace a través de sus dibujos en papel (libros, cuentos,...), paredes, internet,...

Muchas ilustraciones apoyan el diseño gráfico de una composición, a veces confundiéndose con ella al utilizar tipografías y colores formando un conjunto indisociable (cartelería, diseño corporativo). Otra área de trabajo de cualquier dibujante es la ilustración de cuentos y láminas infantiles o relatos juveniles. En ellos se "funden" dibujos y textos consiguiendo (cuando se consigue) un resultado que incluye y supera a la vez ambos elementos, creando un medio y un mensaje nuevos. Es uno de los trabajos más gratificantes en lo personal y con más "futuro" económico en la profesión, especialmente si se prevé y planifica su versión para formatos digitales o animados. En mi caso, un tercer ámbito en el que, al cabo de los años, también me he especializado, es el de la ilustración científica en biología y geología. Este último está relativamente menos considerado debido, por una parte, a su aparente falta de imaginación (en general, las ilustraciones deben ser razonablemente realistas y sujetas al máximo a las indicaciones de profesionales del sector: zoólogos, botánicos, ecólogos, geólogos, etc.), pero en él se trata de transmitir, además de mensaje y sensaciones o sentimientos, información y conocimiento. Finalmente existen áreas muy especializadas que requieren su propio sistema de trabajo y códigos de comunicación, como la ilustración o viñeta de prensa, el cómic o la infografía.

Todas estas variantes requieren de un profundo conocimiento de la comunicación visual, así como de las herramientas y materiales necesarios para su realización. No os asustéis: en un 99% son el cerebro, los ojos y la mano. El resto se busca, se fabrica o se inventa; y en algunos casos incluso se puede comprar. Consiste principalmente en café, cerveza y a grandes rasgos la relación de materiales que Uderzo y Goscinny inscribieron en la portada de su "Asterix y Cleopatra" y unas pocas cosas informáticas.

Como podéis ver, existe un abanico de posibilidades para trabajar y especializarse como ilustrador. Cualquiera, con ciertas nociones, puede reconocer, con solo mirar una ilustración, al dibujante de un cómic, una tira de periódico o una viñeta humorística, un cuento infantil o un cartel. Por eso el estilo y la identidad gráfica se busca y se cultiva. Por eso y porque, además, es una herramienta indispensable para que un editor o un director artístico te busque y te contrate. Así pues, permitidme un primer consejo: aunque vayáis a abarcar varias facetas profesionales como ilustradores, intentad imprimir en cada una un sello personal e inconfundible. Pero ese estilo no debe ser el más fácil, ni el más rápido, ni el más económico ni el que menos esfuerzo os suponga, sino el que os permita decir: esto hace posible lo que quiero transmitir. Esto es lo que hago y quiero hacer. En mi caso decidí no hacerlo. Es decir, no buscar y desarrollar un estilo propio y personal, consiguiendo a cambio una versatilidad de otra forma difícilmente alcanzable.  Esto limita las posibilidades de éxito y reconocimiento de forma muy importante, casi drástica, y hace que sólo los editores que confían plenamente en ti se atrevan a llamarte.

Este oficio, como el conocimiento que se va adquiriendo (no solo en cuanto a técnicas y materiales sino en general) está sujeto a constante cambio y evolución. No nos debería encorsetar o reducir nuestro trabajo a la aplicación de un esquema repetitivo que termine "secando" nuestro trabajo. Ésta es una de las tareas más delicadas, el principal peligro (tras la falta de trabajo) para cualquier artista y la razón principal por la que, conociendo mis limitaciones y mi forma de trabajar, decidí en contra de lo que os acabo de aconsejar, rehuir de un estilo de ilustración personal. Cada uno debe tratar de resolver con éxito los momentos difíciles (que llegan, no lo dudéis) en los que nos enfrentamos al hecho de ser honestos con nosotros mismos: en que nuestro trabajo nos mira y nos dice: "esto está bien" o "esto no está bien". Sobre este punto os recomiendo encarecidamente la lectura del libro "El conejo en la chistera" de Lucio Muñoz; un recopilatorio de notas y artículos del pintor publicado tras su muerte y una delicia para cualquier lector.

He hablado del conocimiento que se va adquiriendo. Uno de ellos, imprescindible, es el de la técnica y los materiales: cómo crear lo que queremos que los demás vean y de la forma que queremos que lo sientan. Desde texturas hechas con esponjas o cuerdas sobre materiales rugosos hasta patrones con colores psicodélicos por ordenador, la gama es inabarcable. Sobre ello versan la mayoría de los libros y fascículos para aprender a pintar, a dibujar y a diseñar. No me extenderé en ello, pero he creado un apartado en el menú "Otros" del blog del estudio (que espero ampliar con vuestra ayuda) donde podéis encontrar ayudas y referencias de este tipo.

Un segundo tipo de conocimiento es el referido al tema que se va a ilustrar: no se puede (o no se debe: poder se puede pero considero que no está bien) ilustrar un cuento, un libro, una lámina, y mucho menos un trabajo técnico sin un estudio previo y un conocimiento lo más profundo posible (y eso debe ser mucho, mucho) del tema que se va a plasmar. Pondré un ejemplo: cuando la editorial Ecir me encargó la ilustración de un cuento boliviano de Alejandra Náyar para su colección "Cuentos del Mundo", me documenté exhaustivamente sobre la vegetación, animales, tipos de suelo, construcciones de las viviendas, tradiciones, vestimenta y fisionomía de los habitantes de la región en que se desarrollaba el cuento y particularmente de los colores y formas usados en su tradición pictórica. Otro ejemplo es cuando la editorial ICE Salud&Vet de Barcelona me encargó un póster informativo en que aparecían los estadios de infección por Clamydia del ganado ovino. El mismo trabajo de estudio permitió completar y mejorar los detalles de la ilustración, hecha inicialmente a partir de la información suministrada por la editorial, correcta pero escueta.

Uno naturalmente es libre de echar por la borda posteriormente todo ese estudio previo y hacer lo que le venga en gana, o incorporar de alguna manera ese bagaje a su estilo personal. Pero sólo si se ha realizado ese trabajo se puede valorar adecuadamente qué hacer con él: es mejor que los momentos de lucidez le pillen a uno trabajando y con los deberes hechos.

Esta forma de abordar un trabajo me ha sido especialmente útil como ilustrador de contenidos científicos, donde la claridad y exactitud de las ilustraciones adquiere una gran importancia. Es increíble la cantidad de erratas gráficas existentes en los libros de texto, incluidos los de editoriales de prestigio, que van "saltando" de unas editoriales a otras (el "fusilado" de ilustraciones es una práctica habitual en el gremio de las editoriales de libros de texto), fruto tanto de la falta de preparación de los ilustradores para ese tipo particular de trabajo como por la escasa atención que muchos autores prestan a la ilustración, que consideran de menor importancia que sus textos (o de su incapacidad para dar instrucciones precisas). No se trata de abrir en canal un ser humano si nos encargan ilustrar su sistema digestivo (cosa no recomendable pero tampoco imposible) sino de documentarse yendo a las fuentes de ese conocimiento (publicaciones especializadas, fotografías, Facultades o investigadores) y no a los buscadores de internet o las láminas de ciertas editoriales de libros de texto o enciclopedias que tanto daño han hecho al conocimiento y a la vista y que solemos tener en nuestras estanterías como primer y amenudo último recurso. Tampoco se trata sólo de "saber cómo dibujarlo" sino de "saber qué es, cómo funciona, cómo se mueve, para qué sirve, qué aspecto tiene desde diferentes puntos de vista o en diferentes estados. Si fue siempre así o cómo ha ido evolucionando y modificándose, en el tiempo, en el especio, en su composición...", aspectos muchos de ellos que no tienen necesariamente una relación directa con lo visual. Sobre este punto recomiendo a los ilustradores las introducciones del paleontólogo Steven J. Gould a sus libros "La Vida Maravillosa" y "El Libro de la Vida" (también recomiendo, por supuesto, leer el libro entero). En resumen, en este aspecto, después de más de 20 años como ilustrador de libros de texto y científicos, me considero (porque así me consideran muchos profesionales con los que tengo el placer de trabajar) un biólogo o geólogo –un científico– visual más que un dibujante de libros de texto.

Finalmente, un tercer y último tipo de conocimiento, para mí el más importante, es aquél que proviene del "bagaje" que uno va acumulando en el trayecto que recorremos y que apoya todo lo anterior: a veces técnica, a veces experiencia, siempre una suerte de sabiduría que te empuja por el camino emprendido o te guía por otro al que inicialmente tenías pensado, que te dice cuándo parar, cuándo volver y comenzar de nuevo, que hace que de repente debas cuestionarte lo hecho o lo aprendido, que te obliga a detenerte, inmóvil, cuando de repente salta un chispazo, que de otra forma habría pasado fugaz, inadvertido. Un conocimiento que emana de toda tu experiencia pasada, de tu relación con los niños al ilustrar un cuento, de lo que se llama genéricamente, para no entrar en detalles, " tu compromiso social" o tu lugar en el mundo, de tu primera visita al Museo del Prado o de la primera vez que comprendiste, de niño, que todos tus seres queridos iban a morir, y tú también.

Para finalizar este capítulo: para ser ilustrador también ayuda el hacer otras cosas. Estudiar, leer, escribir, viajar, amar; y conocer: filosofía, historia, geografía, política, ciencia; y disfrutar: de la música, la pintura, el cine, el teatro, de la gente... ¡qué bonita profesión, joder!

(Continuará...)

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